miércoles, 29 de octubre de 2008

Crónica Ingeniosa

“Quieto o te mueres”, fueron las palabras que escuché aquella tarde antes de que se montaran dos hombres en mi recién comprada camioneta, en los alrededores de San Antonio del Táchira cerca de la frontera con Colombia, lugar donde establecí un pequeño negocio de casilleros postales desde hacía casi cinco años.
Es jueves son casi las seis de la tarde y ya el sol comienza a caer, había sido un día duro pero muy productivo así que conduzco contento casi eufórico por la carretera de regreso a San Cristóbal, escala de mi viaje a Caracas. Estaba escuchando la emisora más conocida de todo el Estado Táchira cuando decido bajar los vidrios de las ventanas para prender un cigarrillo, manejo unos minutos más y más adelante me encuentro con una especie de accidente en la vía, bloqueada por otros vehículos, la mayoría de estas personas estaban en trajes militares y esto me hace sentir la adrenalina típica del miedo, al disminuir la velocidad, tres de ellos accionan sus armas largas, las ráfagas hacen que se me caiga el cigarro sobre la butaca de cuero del copiloto quemándola en el instante, ¡Maldita sea!.
Se montan tres hombres con pasamontañas en el vehículo, me dicen que conduzca y que no los mire; manejo casi por una hora hasta llegar a un especie de fundo en medio de la carretera, allí me bajan de la camioneta y me montan en un carro pequeño con dos hombres vestidos de civil, ellos me sientan en el puesto de atrás, me piden mi número celular y una dirección donde puedan llevarme; me pareció inteligente pedir que me llevasen a la Posada de Lucía, hospedaje que queda cerca de mi negocio y es neutral.
Son casi las ocho de la noche cuando, finalmente, entro en la habitación de la hostería; me costaba asimilar lo sucedido, me habían quitado en unos pocos minutos por lo que había trabajado por tanto tiempo. Me quito los zapatos y aunque me cuesta demasiado, intento relajarme sobre la cama, sin embargo, mis depresivas cavilaciones evitan, hasta bien entrada la noche, que descanse apaciblemente. .
El tono del celular retumba en toda la habitación, los ojos se me abren violentamente y de un salto me levanto de la cama, un viejo reloj de agujas pegado a la pared de la habitación me advierte que son las seis y cuarto de la mañana, abro el celular y lo coloco en mi oreja sin decir nada: “Traiga dos mil bolívares fuertes a la Hacienda Sociedad está a 4 km. del peaje aquí lo esperamos con su carrito… no se le ocurra hacer nada y seguimos en buenos términos ¿me oyó?.”
Me lavo la cara, el agua que sale del grifo es helada, los pensamientos son miles y son inevitables; ¿por qué es tan barato el rescate?, ¿mi carrito? ese carrito me costó más de cien veces la suma que me piden, algo no está bien pero decido tomarme el riesgo y llegar al final de este agujero.
Salgo de la posada, huele a humedad, el día todavía está gris como es característico a estas horas de la mañana, voy a mi negocio a “hacer un retiro”, me es irremediable mirar hacia todos lados mientras camino y abro la puerta pequeña de la santamaría. Mi empleado, encargado del negocio, es un amigo de la zona que conozco de hace muchos años, se llama Miguel Angel, al verme entrar se impresiona pues creía que ya estaba en camino hacia Caracas, prefiero evitar explicaciones así que lo saludo y le digo que se me reventó un caucho y que tengo el carro en el estacionamiento de la posada; entro en mi pequeña oficina y saco el dinero de una gaveta de mi escritorio que abre con llave. Me despido descuidadamente y salgo sigilosamente del local. Al cruzar la calle me monto en un taxi y le doy la dirección del fundo.
Son casi las ocho de la mañana, le pago al taxista y le pido que me deje en el camino de tierra de la entrada principal. Unos metros más adelante, ya dentro de la hacienda hay un camión “trescincuenta” lleno de plátanos y cuatro hombres esperando, dos de ellos sorbían café, de una manera desagradable, de unos pequeños vasitos. Uno de ellos se me acercó y me dijo algo que no entendí, su voz es la que me habló por celular hace par de horas; le entrego la bolsa con el dinero y me pide que lo siga, caminamos a un pequeño galpón con techo de zinc y allí veo mi camioneta en perfecto estado, me entrega las llaves y me dice que me vaya por el mismo camino, no podía salir de mi asombro. Quiero salir ya de esta ciudad quiero llegar a mi hogar, aunque quedan muchas preguntas por responder no quiero pensar, sólo quiero manejar y manejar, y queda un pequeño espacio para agradecer a Dios.
Ya tengo seis horas manejando, creo que voy a mitad de camino y estoy un poco agotado, sin embargo sólo me detengo en las alcabalas, peajes y para tomar café negro y fumar. Ya pasé Paracotos y eso me hace sentirme ya muy cerca de casa; pasar el peaje de Tazón y observar Caracas desde arriba me da una sensación de placer como nunca la había sentido en uno de mis viajes de regreso, hogar dulce hogar.
Son las diez y media de la noche, por la cantidad de gente en la calle me doy cuenta que es viernes. Estaba entre el tráfico en un semáforo cerca de Los Chaguaramos cuando observo que la quemada del cigarrillo en el asiento del copiloto ya no estaba, en el instante mi cabeza comenzó a dar vueltas y segundos más tarde, tres hombres me apuntan con sus armas y se montan en la camioneta, corre la adrenalina pero la impresión es aún mayor; ¿otra vez?.
¡¡¿Qué es esto?!! Dije unas palabras sin darme cuenta: “Por favor pana; ya me la robaron y pagué el rescate… no lo puedo creer”. Me miraron, sonrieron, se miraron y me pasaron para los asientos de atrás: “Tranquilo... tu carrito no nos interesa”, saca un colosal cuchillo, de esos que se ven en las películas de Rambo, y lo clava en la butaca del copiloto abriéndola de arriba hacia abajo como si fuera mantequilla, luego comienza a escarbar y extraer panelas blancas, de cocaína o quién sabe que droga, el compañero ayuda a meter todo el botín en dos bultos, no me salen palabras; cada uno toma un bulto, se bajan y se motan en dos motos diferentes rotuladas como “mototaxis” que los esperaban discretamente en la cola.
Me quedo parado en shock en plena calle por más de cinco minutos, mi cerebro funciona a la velocidad de la luz, siento perfectamente mi respiración.
“Maldita sea tengo que cambiar la butaca”…

José A. Daza
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